Martes, 10 de febrero de 2009

LA DOCENCIA, UNA PROFESIÓN EMOCIONAL Y MORAL

1

1.1. Confianza y autoestima profesional

Las tensiones que vive en la actualidad el sistema educativo son expresión

de las transformaciones sociales y de las nuevas exigencias que se plantean para la

formación de las nuevas generaciones. El acceso a la información y al conocimiento,

los cambios de la familia y de los propios alumnos, las modificaciones en el mercado

laboral, los valores sociales emergentes, la presencia creciente de personas

inmigrantes y la rapidez de los cambios son algunas de las características de la

sociedad del siglo XXI que afectan, sin duda, al ejercicio de la actividad docente.

Además, las presiones sobre la enseñanza son cada vez mayores por lo que el

profesor, para quien también pasan los años, se siente muchas veces abrumado,

desorientado y perplejo. No es extraño, por tanto, que la mayoría de los profesores,

excepto tal vez los recién ingresados en la docencia, consideren que cada año es

más difícil enseñar.

La profesión docente se enfrenta a una crisis de confianza y de identidad

profesional. Ambos sentimientos están estrechamente relacionados. La confianza

permite a los profesores tener seguridad en las acciones que desarrollan y

enfrentarse con más fuerza a los riesgos que conlleva la profesión docente. La

confianza reduce la ansiedad, permite un juicio más equilibrado y facilita la

innovación. Sin embargo, existe una pérdida de confianza en la sociedad postmoderna

que provoca desconfianza en las relaciones interpersonales y en las

propias instituciones (Troman, 2000)

2. Una desconfianza que se extiende también a

la escuela y a los actores que participan en ella: administraciones educativas,

profesores, padres y alumnos. La sospecha de falta de profesionalidad de los

docentes está presente en muchas de las relaciones que éstos deben de establecer

y socava la necesaria confianza mutua. Las críticas permanentes sobre el bajo nivel

educativo de los estudiantes, sobre los problemas de convivencia en los centros y

sobre las malas condiciones de la enseñanza despiertan la alerta en los ciudadanos

y en las familias y extienden la sensación de desconfianza ante el trabajo de los

profesores.

La confianza, además, es la garantía para enfrentarse con acierto a las

nuevas condiciones de la enseñanza y contribuye a la autoestima profesional.

Confianza y autoestima están íntimamente relacionadas y ambas constituyen el

núcleo básico de la identidad profesional (Zembylas, 2005)

3. Ambos sentimientos

suponen haber interiorizado determinados objetivos, saber defenderlos y llevarlos a

la práctica, manejarse con tranquilidad en las tareas educativas con alumnos,

compañeros y padres, sentirse capaz de enfrentarse a nuevos retos y situaciones

problemáticas así como reconocer los propios errores, y aceptar sin angustia las

dificultades que puedan vivirse en los procesos de cambio. La confianza implica

seguridad, dominio, tranquilidad y satisfacción en la relación con los otros porque

no se viven amenazadoras. También expresa la autoestima profesional y contribuye

a ella.

Gran parte de la identidad profesional depende de la valoración social

percibida. El sentimiento de pérdida de la estima y del reconocimiento social socava

las bases de la identidad profesional y reduce los vínculos entre los miembros de la

profesión y su sentido de pertenencia a la misma. Cuando se desdibujan los

1

Parte de las ideas contenidas en este texto introductorio se encuentran en el libro de A. Marchesi (en

prensa).

Sobre el bienestar docente. Competencias, valores y afectos. Madrid: Alianza.

2

Troman, G (2000).Teacher stress in the law-trust society. British Journal of Society of Education, 21

(3),331-353.

3

Zembylas, M. (2005).Teaching with emotion. Greenwich, Connecticut: Information Age Publising.

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objetivos de la actividad docente, se desdibujan al mismo tiempo sus señas de

identidad. Cuando se destacan una y otra vez los conflictos y las carencias de la

educación escolar, se envía un mensaje de desconfianza hacia la competencia de

los profesores y hacia la eficacia de su acción. En ambos supuestos, cada vez más

presentes desgraciadamente, se produce una progresiva pérdida de la identidad de

los docentes. Entonces, existe una mayor probabilidad de que los profesores se

encuentren insatisfechos con ellos mismos y con el trabajo que deben de realizar.

La quiebra de su autoestima provoca también la quiebra de su identidad y conduce,

inevitablemente, a la insatisfacción y al malestar emocional.

1.2. Las emociones en la docencia

Las emociones están en el corazón de la enseñanza” afirma Andy

Hargreaves (1998)

4 con contundencia en uno de sus artículos dedicados al tema de

las emociones de los profesores. Casi ninguno de los docentes pondría en duda esta

afirmación e incluso la mayoría de los ciudadanos la aceptaría sin dificultad. El

trabajo en la enseñanza está basado principalmente en las relaciones

interpersonales con los alumnos y con otros compañeros, por lo que las

experiencias emocionales son permanentes. Enfado, alegría, ansiedad, afecto,

preocupación, tristeza, frustración… , son algunos de los sentimientos que día a día

vive el profesor con mayor o menor intensidad y amplitud. Algunos tienen la fortuna

y el buen hacer para conseguir que primen las emociones positivas; en otros, por el

contrario, predomina el infortunio y unas habilidades limitadas, lo que conduce a

que las experiencias negativas tengan un mayor peso. Cuando esta última

constatación se generaliza a la mayoría de los profesores, nos encontramos con

descriptores de la situación de los docentes con una profunda carga emocional:

están quemados, desvalorizados, agobiados o desfondados.

Pero si en cualquier época histórica las emociones han ocupado un papel

relevante en el mundo de la enseñanza, en los tiempos actuales su importancia es

aún mayor. Los cambios en la sociedad y en la familia, las crecientes exigencias

sociales, la incorporación a la escuela de nuevos colectivos de alumnos que han de

permanecer en ella durante más tiempo, el tipo de relaciones sociales que se

establecen entre los diferentes miembros de la comunidad educativa, la ampliación

de los objetivos de la enseñanza y las nuevas competencias exigidas a los

profesores contribuyen a que sea fácil comprender las dificultades de enseñar y las

tensiones emocionales que conlleva. El texto de Hargreaves

4, recoge con acierto la

situación paradójica en la que se encuentran los profesores:

“La enseñanza es una profesión paradójica. De todos los trabajos que son o

aspiran ser profesiones, sólo de la enseñanza se espera que cree las

habilidades humanas y las capacidades que permitirán a los individuos y a

las organizaciones sobrevivir y tener éxito en la sociedad del conocimiento

de hoy. De los profesores, más que de ningún otro, se espera que

construyan comunidades de aprendizaje, creen la sociedad del conocimiento

y desarrollen las capacidades para la innovación, la flexibilidad y el

compromiso con el cambio que son esenciales para la prosperidad

económica. Al mismo tiempo, se espera que los profesores mitiguen y

equilibren muchos de los inmensos problemas que la sociedad del

conocimiento crea, tales como el excesivo consumismo, la pérdida de la

comunidad y el incremento de la distancia entre los ricos y los pobres. De

alguna manera, los profesores deben intentar alcanzar estas aparentemente

contradictorias metas de forma simultánea. Esta es su paradoja profesional

 

4

A. Hargreaves (2003), “Teaching in the knowledge society”. Maidenhead: Open University Press

11

Pero no son sólo las consecuencias de la sociedad multicultural y de la

información las que provocan las tensiones emocionales de los profesores. También

la violencia de la sociedad, la marginación de determinados colectivos de personas,

las desigualdades sociales y la falta de recursos familiares y personales contribuyen

a que las relaciones en el seno de la escuela sean potencialmente más conflictivas.

Las dificultades para asegurar una buena convivencia en las escuelas y la existencia

de maltrato entre iguales y entre alumnos y profesores son expresión de esta

situación que se complica de forma alarmante cuando el funcionamiento del centro

docente está deteriorado. Entonces, con mayor fuerza aún, la presión emocional

que viven los profesores puede convertirse en intolerable y arrasar cualquier

razonamiento que abogue por la comprensión, el diálogo y la negociación de las

soluciones.

Además, y como consecuencia de estos problemas, aunque no pocos lo

consideran su causa, los sistemas educativos viven en permanente estado de

reforma. Se formulan propuestas continuas sobre nuevas etapas educativas,

nuevos currículos, nuevos métodos de enseñanza, nuevas formas de evaluación,

nuevos sistemas de colaboración o nuevas competencias profesionales, lo que

obliga a los profesores a reaccionar ante ellas y a adaptar su forma de trabajo. No

es un proceso que se sitúa exclusivamente en el plano racional, sino que es vivido

con intensidad en la esfera emocional. La angustia, la inseguridad, la esperanza, la

ilusión, el compromiso, la apatía o la perplejidad son reacciones emocionales que

están presentes en la respuesta de los profesores ante los cambios que los

reformadores de la educación plantean.

1.3. Una profesión moral

La acción educadora no es simplemente una actividad técnica, que puede

repetirse una y otra vez sin apenas reflexión, ni una acción desprovista de

comunicación y de contacto social. Exige, por el contrario, una estrecha y confiada

relación personal entre el profesor y los alumnos, que no puede desarrollarse de

forma satisfactoria sin la conciencia por parte de los docentes de los objetivos que

se pretenden alcanzar. No hay que olvidar que la enseñanza supone una interacción

positiva entre un profesor y un grupo de alumnos que no es ni voluntaria ni

libremente elegida, como podría ser la que se establece entre un grupo de amigos.

El mérito de la actividad docente es que esa relación impuesta, expresión de las

obligaciones de los profesores y de los alumnos, se convierta en una relación

constructiva, en la que la competencia, la confianza, el afecto y el respeto mutuo

constituyan sus elementos constitutivos. Pero, además, esta relación ha de

mantenerse con los mismos alumnos durante un cierto tiempo solamente, al menos

con la intensidad requerida para el ejercicio directo de la enseñanza, dos años en la

Educación Primaria y uno solo, salvo excepciones, en la Educación Secundaria, por

lo que los maestros y los profesores han de ser capaces de renovar año tras año su

dedicación y su implicación personal a nuevos colectivos de alumnos. Una relación

que no debe vivirse de forma preferente con unos en contraposición con otros, sino

que ha de extenderse a todos los alumnos que forman parte de ese grupo, a los

listos y a los menos listos, a los tranquilos y a los conflictivos, a los interesados y a

los desinteresados, a los que colaboran y manifiestan aprecio y a aquellos que son

distantes.

Mantener semejante actitud a lo largo de los años es una tarea complicada,

con un gran desgaste personal por la implicación vital que exige, por las

características de las relaciones que establece y por las funciones que desarrolla.

Hay que tener en cuenta, además, como perciben los profesores año tras año, que

mientras ellos avanzan en la vida, sus alumnos regresan cada curso a la edad

inicial. Pero los alumnos no son sólo más jóvenes que él cada año, sino que además

son diferentes. No es una diferencia perceptible curso a curso, sino que se

manifiesta de década en década, cuando el profesor se siente alejado de las

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inquietudes, del lenguaje, de las diversiones y de la forma de vida de las nuevas

generaciones e incluso de la forma de vida de sus familias. Las dinámicas vitales de

los profesores y de sus alumnos discurren por caminos divergentes: mientras que

los primeros acumulan experiencia, madurez, reflexión y un cierto cansancio, los

segundos reflejan las características de la sociedad emergente de la que el profesor

en muchos aspectos ya no se siente partícipe.

A pesar de las tensiones de la profesión docente y del desgaste emocional

que conlleva, hay muchos profesores que mantienen el buen ánimo y la dedicación

continua. Posiblemente no son tanto las gratificaciones de todo tipo que pueden

encontrarse en la enseñanza, sino la intuición, en ocasiones reflexionada y

consciente, de que enseñar a los otros es una tarea que merece la pena, que

conecta con lo más noble del ser humano y nos sitúa, sitúa a los profesores, en el

lugar adecuado para promover el bienestar de las nuevas generaciones. De alguna

manera esa intuición desvela el carácter moral de la profesión docente y la

necesidad de descubrir su valor y su sentido para ejercerla con rigor y vivirla con

satisfacción.

La consideración del trabajo docente como una profesión moral adquiere

desde esta perspectiva toda su fuerza motivadora y permite comprender cómo el

olvido o la falta de cuidado de esta dimensión conduce a la “desmoralización” de los

docentes. Ahora bien, de esta afirmación no debe extraerse la conclusión de que el

componente moral de la docencia exige solamente que los profesores se apropien y

mantengan a lo largo de su vida un conjunto de normas y valores que les orienten

en su actividad y les sirvan de referente. Sin duda, el razonamiento y el juicio moral

son un componente fundamental del comportamiento ético pero no el único.

También la sensibilidad, la empatía y el afecto ocupan un lugar necesario cuyo

olvido o marginación priva a la relación educadora de una de sus dinámicas

principales. La moralidad hunde sus raíces en la experiencia afectiva de las

personas, por lo que no es posible separar radicalmente la dimensión cognitiva de

la dimensión emocional en la actividad moral y, por tanto, en la actividad

educadora. Si la profesión docente es una profesión moral, es preciso mantener en

ella de forma equilibrada los principios racionales que sustentan un comportamiento

ético y los sentimientos y emociones que les otorgan la sensibilidad necesaria para

comprender a los otros en su contexto específico.

Desde este planteamiento, los sentimientos y los afectos no deben ser

valorados como una fuente de error, a los que la inteligencia debe enfrentarse para

evitar la irracionalidad en los juicios y el desenfoque en las decisiones, sino como

un componente necesario que debe de ser educado y tenido en cuenta (Damasio,

1994)

5. La dedicación apasionada a la actividad docente amplía las experiencias

emocionales positivas de los profesores. Este tipo de dedicación suele tener sus

raíces en el substrato moral que configura la profesión docente. Emoción y

compromiso, vida afectiva y actitud ética, están, por tanto, profundamente

relacionados. Los valores asumidos y vividos generan emociones positivas y ayudan

poderosamente a afrontar la adversidad y los conflictos; a su vez, la emoción

orientada hacia una meta, la pasión intencional, mantiene y refuerza el compromiso

y la acción. Razón, emoción y compromiso ético caminan juntos y hay que se ser

capaz de aprovechar sus dinámicas convergentes.

.

(pág. 1)”.


Tags: educación, docente moderno, maestro moderno

Publicado por juang9106 @ 18:30
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