Jueves, 25 de junio de 2009

LEER ANTES DE LEER

Confesiones de un lector

Recuerdo que uno de los primeros libros que tuve entre mis manos, niño aún, y que hojeé con avidez extrema, fue un texto, que habían utilizado mis primos mayores en los primeros grados de Educación Primaria. Era un libro muy antiguo con tapas gruesas y oscuras que protegían sus páginas del tiempo y la humedad. Lo encontramos refugiado en uno de los amplios baúles que mi madre usaba para guardar las frazadas y ropajes que nos abrigaban cuando regresábamos de vacaciones a la tierra que nos vio nacer.

Cuando el libro fue descubierto se desató una algarabía inusitada. No recuerdo si esto se debió al anhelo irrefrenable de leer o sencillamente a la curiosidad que despertó su apariencia de anciano apacible. Lo cierto es que, sin saber cómo, mis hermanos empezaron a hojear el libro y de rato en rato se detenían en alguna de sus amarillentas páginas y decían cosas que reflejaban su contento, reían señalando las imágenes y, por supuesto, yo también reía con ellos ante alguna que me era familiar.

En aquel entonces, yo aún empezaba a familiarizarme con las primeras letras del alfabeto y, naturalmente, tenía muchas dificultades para leer. Mis hermanos, en cambio, ya cursaban los primeros grados de Educación Primaria, lo cual les otorgaba cierta autoridad para atender, cuando no les era molestoso, ciertas consultas mías sobre las imágenes o expresiones contenidas en el texto.

Recuerdo que una de las partes que más llamó la atención de mis hermanos fue un cuento llamado Los músicos de la aldea. Vi en sus rostros una expresión de felicidad, de tesoro descubierto y de inocente complicidad con el texto. Hoy debo confesar, muchos años después, que ese fue el momento decisivo que me hizo encontrar la magia de la lectura. Siempre había intentado descubrir aquel impulso inicial y en ese intento aseguré muchas veces que me comprometí con ella gracias a Peter Pan, Ali Babá, Sansón o a Condorito, entre otros. Pero no, fueron los solidarios Músicos de la Aldea, aquellos personajes de ternura infinita, quienes me iniciaron en el embriagante vicio de leer.

Claro está que yo no podía descifrar a cabalidad las líneas de ese cuento, pero fueron sus imágenes las que me cautivaron, me sentí plenamente identificado con ellas porque formaban parte de mi vida misma. Cómo no enternecerme ante la mansedumbre de un burrito que me cargaba en su lomo de un lugar a otro. Cómo no entender la presencia señorial del gallo que cantaba todas las mañanas en el gallinero de mi corral. Cómo dejar de acercarme a la tibia pelambre del gato y del perro, si con ellos correteaba todos los días de mi

infancia. Sin duda, fue esta comunión entre mi vida y aquellas imágenes de blanco y negro la que me acercó al libro para siempre.

Yo me enteré de la historia de los músicos de la aldea gracias a la lectura en voz alta que hicieron mis hermanos y, al escucharla, me sentía como en un sueño, imaginaba cada paso, cada movimiento, cada estrategia que urdía el equipo de músicos para espantar a los ladrones. Cuando mis hermanos dejaron el libro, yo volví sobre él tratando de descubrir en sus páginas la historia que acababa de escuchar, y lo logré. Viví nuevamente el relato, no a partir de sus líneas (incomprensibles para míGui?o, sino gracias a las imágenes sencillas pero muy ilustrativas que acompañaban los párrafos. Entonces, prometí solemnemente que al aprender a leer volvería tras las amarillentas páginas de aquel vetusto amigo.

Hoy, después de haber cumplido con creces aquel compromiso me doy cuenta de que, en realidad, ese libro fue leído desde el primer momento en que lo vi. ¿Acaso no supe qué sucedió con los personajes?, ¿acaso no construí mi propia historia con las imágenes que vi? Claro que sí. Lo que pasa es que la lectura es un proceso que empieza precisamente antes de leer, cuando hacemos conjeturas, cuando formulamos predicciones, cuando planteamos hipótesis. Este es un momento clave, porque de su trascendencia, de su significatividad y de su capacidad de motivación depende el éxito de lo que viene después.

Todos leemos algo a partir de nuestras experiencias anteriores y son éstas precisamente las que nos acercan al libro. No está demás decir que mi familiaridad con los animalitos del cuento referido fue lo que motivó mi interés por conocer esa historia y, consecuentemente, mi afán por leer más. Mi padre siempre tenía un burrito con nosotros y éste cargaba nuestras cosas cuando salíamos de viaje, en él montábamos ya cansados y un perro siempre seguía nuestros pasos. En el fogón donde cocinaba mi madre o mi abuelita siempre había un gato ronroneando junto al calor de las cenizas y mi madre nos hacía levantar al primer canto del gallo que dormitaba en el corral. ¿Habría de rechazar una historia cercana a estas experiencias?

No recuerdo que en la escuela haya tenido una vivencia como ésta, pero cómo me hubiese gustado tenerla. Aún hoy no comprendo cómo los maestros se empecinan en darnos cosas que a nosotros no nos interesan. Si no dejáramos de ser niños o no dejáramos de pensar o de sentir como niños seguramente serían otras nuestras decisiones. Cómo me hubiera gustado que la escuela se acerque a mis campos, a mis chacras, a mis pájaros, a mis quebradas. Cómo hubiera gozado con historias sacadas de mi entorno, con personajes cercanos a mi vista, con paisajes en los cuales correteaba todas las tardes. Una sola de

estas historias hubiese preferido a los aburridos y forzados relatos sobre “mártires” o “próceres”, tan ajenos a mis travesuras de niño.

Eran tan pocas las horas que dedicábamos a leer en la escuela que me parece inconcebible haber desperdiciado ese valioso tiempo con historias o poemas sin sentido, o cuya importancia solo cabía en la cabeza de nuestros maestros. Yo recuerdo que esperaba con ansias el momento de la lectura, pero caía rápido en el aburrimiento. Era la práctica de siempre, la misma rutina: lectura del profesor, lectura de los alumnos, resolución de cuestionario, calificación de las respuestas. Pronto llegué a la desesperanza. No entendía por qué la lectura, siendo tan placentera, en la escuela se volvía pesada y desmotivada. Llegó el momento en que mis compañeros y yo asociamos tanto la lectura a los exámenes que cuando el profesor anunciaba que íbamos leer, temblaba nuestro cuerpo y sudaban nuestras manos, y no veíamos la hora de volver a los fríos análisis gramaticales y clasificaciones morfológicas.

Siempre me he preguntado por qué nos aburrían las lecturas que se practicaban en la escuela y la respuesta sigue siendo la misma hoy: las historias, los poemas, los relatos no se relacionaban con nuestra vida, con nuestras experiencias anteriores, con nuestros conocimientos previos. Es que cada persona tiene sus propias concepciones de mundo y de hombre, su propia fe y sus propias tradiciones y, a partir de ellas, lee la realidad. Empezamos a leer antes de hacerlo aunque parezca contradictorio. Nuestros saberes acumulados nos permiten anticipar respuestas, hacer predicciones y otorgar sentido a todo lo que es comunicable. Entonces, ¿por qué no empezar por ellos?, ¿por qué no relacionar el contenido del texto con lo que ya sabemos, con nuestras motivaciones e intereses? Yo leí Los músicos de la aldea, sin saber leer, a partir de sus imágenes construí su historia y en esta aventura quizá logré modificarla y ampliarla.

La escuela tiene un reto: acercar la lectura a la realidad próxima del niño, hacer que ella forme parte de su ser, de sus vivencias y experiencias cercanas, sólo así estaremos forjando futuros lectores. Basta ya de formar pequeños lingüistas, basta ya de amenazar con un calificativo a quien no lee, pues la lectura es parte de nuestra libertad y no acepta restricciones o presiones de ningún tipo. Mientras no logremos esto, los niños seguirán buscando respuestas en la calle, hurgando historias en sus encuentros infantiles o soñando tropezar algún día con sus propios músicos de la aldea.

Elvis Flores M.

[email protected]

 


Tags: juan garcia, docente moderno, paita, instituto

Publicado por juang9106 @ 10:30 AM  | DOCENTE MODERNO
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